Movernos libres y seguras no debe ser un privilegio sino un derecho
Saira Vilchis
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La primera vez que fui víctima de acoso a bordo del metro en la Ciudad de México tenía apenas 12 años; un hombre pensó que era gran idea exponer sus partes íntimas y tocarse frente a mí y mi hermana quien era apenas unos años mayor que yo. Desde entonces, moverme en el transporte público se convirtió en una tortura. Cada trayecto estaba marcado por el miedo y por la tensión de sentirme vulnerada. Este temor no es una experiencia aislada, es una realidad que millones de mujeres y niñas enfrentan día a día en las calles y en los servicios de transporte.
De acuerdo a la última cifra de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, en México el 68% de las mujeres se sienten inseguras en el transporte público y el 57.5% en calles que habitualmente usan. Trabajar por que las mujeres y las niñas caminemos seguras por las calles debe convertirte en una lucha colectiva, tanto en el ámbito personal como en el profesional y lograr cambiar este modelo que nos obliga a desplazarnos con miedo; las mujeres merecemos movernos libres y seguras.
El diseño de nuestras ciudades y los distintos servicios de transporte ha sido históricamente pensado desde una perspectiva masculina, ignorando las dinámicas y necesidades de movilidad de las mujeres. La infraestructura y la planificación de los servicios, aún los formalizados, priorizan los viajes lineales y laborales, dejando de lado los desplazamientos encadenados que realizamos las mujeres, muchas veces vinculados a labores del cuidado. Es así como las faltas estructurales y operativas en los servicios, refuerzan las condiciones de desigualdad y vulnerabilidad a las que nos enfrentamos. Muy particularmente, el acoso sexual en el transporte no es un problema individual, es una falla estructural al normalizar que las mujeres desarrollemos estrategias de autoprotección en lugar de exigir espacios seguros. Cambiamos nuestras rutas, evitamos ciertos horarios, nos vestimos de cierta manera, y aun así, el miedo nos acompaña. ¿Por qué recae sobre nosotras la responsabilidad de protegernos, en lugar de transformar los servicios de movilidad para garantizar seguridad y generar un sistema de justicia que castigue a las personas que ejerzan la violencia?

Para construir ciudades y sistemas de transporte más equitativos, requiere de incorporar la perspectiva de género desde las etapas tempranas de la planeación y construir infraestructura con enfoque de género que considere criterios básico como una mejor iluminación en calles, paradas y estaciones, instalación de botones de pánico, cámaras de seguridad y espacios de espera seguros. Además, promover la capacitación y sensibilización de las personas conductoras y personal de transporte, sobre prevención del acoso y violencia de género, acompañado de protocolos y mecanismos claros de denuncia.
Sin duda, promover una mayor participación de las mujeres en la toma de decisiones, así como en la planificación y operación del transporte público, permitirá considerar sus experiencias como un insumo para la mejora en los servicios, sin dejar de tomar en cuenta que necesitamos a la par, instrumentos adecuados para recabar datos desagregados por género para lograr una medición y análisis de patrones de movilidad diferenciados y diseñar políticas públicas más inclusivas.
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