La Ciudad Cuidadora
Inés Alveano Aguerrebere
Tiktok @inesarugula

Para mí, ya no se puede hablar de movilidad, sin hablar de ciudad. Y no se puede hablar de ciudad, sin hablar de cuidados. Desde mi conocimiento, han sido (sobre todo) mujeres las que han empezado a proponer cambios contundentes en las ciudades, que han generado que sin distinción de género, tengamos entornos que nos cuidan, en lugar de violentarnos. Janette Sadik Khan en Nueva York, Ada Colau en Barcelona, Anne Hidalgo en París. Digo que sobre todo mujeres, porque también Jaime Lerner y Jan Gehl, entre otros, han gestionado cambios que se alejan del status quo (y fallido) de las ciudades centradas en la movilidad en automóvil.
Alguna vez fui fan de Italo Calvino. Me llamaba la atención su libro de Ciudades Invisibles. A lo largo de la obra, se encuentran diferentes categorías de ciudades y a cada una de ellas le corresponde una temática distinta en su descripción: ciudades confusas en su extensión, ciudades con múltiples cualidades, ciudades con propiedades divinas, ciudades que despiertan el deseo y la pasión de las personas, ciudades de recuerdos manifiestos en sus habitantes o estructuras, etc. (Pienso en las ciudades que conozco y creo que tengo ejemplos de cada temática)

Claramente la marcha del 8 de Marzo es encabezada también por mujeres. Pero me pregunto cuántas de ellas está conscientes del daño sistémico que nos han hecho la forma de las ciudades en muchos temas (movilidad, calidad de vida, desintegración social, etc) y cuántas de ellas, si tuvieran un puesto público, tomarían las mismas decisiones incorrectas que tomaron (sobre todo) los hombres por décadas. Cuántas de ellas defenderían a capa y espada el inexistente “derecho a estacionarte” o impulsarían la construcción masiva de vivienda unifamiliar lejana a los centros urbanos. Cuántas pensarían que la movilidad se resuelve con más carriles, distribuidores viales y segundos pisos…
Si Italo Calvino hubiera escrito sobre una cuidad cuidadora, la habría descrito como una que pone la sostenibilidad de la vida y los cuidados al centro de la forma urbana. Una ciudad que te cuida, te deja cuidarte, te permite cuidar a otras personas y cuida el entorno. Una ciudad justa social y ambientalmente. Una ciudad resiliente ante el clima. Una que considera que la vulnerabilidad es una característica innata de las personas. Una ciudad cuyo papel es proporcionar un soporte físico adecuado para satisfacer la red compleja de cuidados que es necesaria para sostener la vida.
Específicamente esta ciudad sería una que le apuesta a la reducción paulatina del dominio de los vehículos motorizados privados. Una cuyo modelo de transporte público no penaliza ni a las personas que viven en las periferias de clases trabajadoras, ni a las personas que se desplazan para hacer actividades no productivas, o fuera de los horarios convencionales de jornada laboral.
Una que prioriza la movilidad en transporte público, a pie y en bicicleta. Una cuyos edificios de viviendas tienen comercios y equipamientos en las plantas bajas y cuyas calles tienen elementos urbanos como bancos, sombras, fuentes y señalización que facilita caminar. Porque diferente a lo que hemos pensado, una ciudad con una movilidad eficiente (y seguridad vial), empieza no por sus calles, sino por sus edificios. Eso lo sabe el colectivo (col lectiu punt 6) que escribió el libro Urbanismo Feminista, que bien harían de leer las mujeres (y los hombres) que buscan eliminar las desigualdades de género, y promover una sociedad más justa, más sana y con menos violencias.
Le dejo un extracto: “Por una transformación radical de los espacios de vida. Las ciudades que habitamos evidencian el vínculo estrecho e inseparable entre patriarcado y capital. En pocos lugares como en nuestras casas, nuestras calles y nuestras plazas se palpa tan claramente un modelo urbano diseñado a medida del sujeto masculino y de la explotación económica. Atravesadas por esta lógica, disciplinas como el urbanismo y la arquitectura han materializado el desplazamiento de las mujeres a las fronteras interiores de lo doméstico y —como con las personas racializadas, ancianas, menores o con capacidades diversas—, su exclusión del espacio público. Esta lógica opera a través de redes de movilidad y transporte pensadas fundamentalmente para el automóvil y el movimiento de mercancías; una arquitectura que reduce al mínimo el espacio disponible para los cuidados o un planeamiento en manos de cúpulas de especialistas desvinculados de la vida de sus habitantes, son algunos de los rasgos de esa ciudad que expulsa todo aquello que no responda a las lógicas de extracción de valor.”
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